El espejismo del yo: las trampas del ego y la guerra cognitiva en la sociedad actual

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Prensa Instituto de Ingeniería/ Andreína Torrealba (Caracas, 11 de junio de 2026).- Trabajadores y estudiantes del Instituto de Ingeniería participaron en un conversatorio liderado por el psicólogo clínico Róger Garcés, titulado «Las trampas del ego». El encuentro ofreció un profundo análisis interdisciplinario que cruzó la psicología social operativa, el psicoanálisis, la filosofía oriental y la geopolítica de la comunicación, con el objetivo de desmontar la falsa solidez del «yo» y proponer herramientas de resistencia frente a los mecanismos contemporáneos de control conductual.

La metáfora del carrito: la falsa solidez del ego

Para abrir el debate, Garcés invitó a los asistentes a visualizar una escena común en las grandes urbes: una persona que camina empujando un carrito de supermercado repleto de cartones, bolsas y objetos diversos. «Desde la distancia, ese conjunto nos parece una unidad sólida y coherente, una identidad definida. Sin embargo, al acercarnos, descubrimos que no es más que un agregado de cosas amontonadas que alguien decidió recoger y pegar con el “pegamento” del apego. Nosotros somos ese conductor, y el ego es el contenido del carrito. Creemos que ese montón de objetos somos nosotros, cuando, en realidad solo estamos acumulando sombras», explicó el especialista.

Desde la perspectiva de la psicología social, el ego no es una estructura sólida, sino un agregado inestable de fragmentos y desperdicios simbólicos (títulos, posesiones, identificaciones externas) que acumulamos para protegernos del «frío existencial». Esta falta de solidez intrínseca constituye la vulnerabilidad primaria de la psique humana: al ser una ficción que requiere defensa constante, se vuelve altamente colonizable y susceptible a la manipulación externa.

Anatomía del engaño: los cinco agregados y su vulnerabilidad

Garcés desglosó los cinco componentes o «agregados» que edifican el ego, advirtiendo cómo cada uno se convierte en un blanco estratégico dentro de la actual guerra cognitiva:

El cuerpo (la forma): Es la identificación con la materialidad biológica de la premisa «yo soy mi cuerpo». No obstante, si se pierde una función biológica o un miembro, la esencia permanece. Al creer que somos estrictamente la anatomía, cualquier amenaza estética o funcional se percibe como el fin del yo, permitiendo el control conductual a través del miedo a la vejez o la muerte.

Sensaciones y emociones: La falsa creencia de que nuestros «me gusta» y «no me gusta» nos definen. Evocando las enseñanzas orientales, el psicólogo recordó que «no somos las nubes, sino el cielo». Las emociones (rabia, tristeza, ansiedad) son nubes que pasan; la conciencia es el cielo inmanente. El ego se define por sus atracciones y aversiones, convirtiéndose en un objetivo fácil para algoritmos diseñados para reforzar sesgos y respuestas reactivas.

Percepción y memoria: La tendencia a creer que la memoria es una verdad absoluta. En realidad, los recuerdos son versiones subjetivas y mutables de la historia que cambian con el tiempo y el acuerdo social. Si la mente carece de una «plantilla» previa para procesar un dato (como los pueblos aborígenes que, al conocer solo lo ovoidal, no podían procesar la línea recta), es incapaz de ver la realidad objetiva. Esto facilita la reescritura de la identidad colectiva mediante la desinformación.

Formaciones mentales: La identificación con dogmas, logros y posesiones (el «yo soy doctor» o «yo soy marxista»). Garcés usó el ejemplo del abuelo que cree «ser la casa» que construyó con sus manos y siente que deja de existir si esta se quema. Cuando las ideas se vuelven inamovibles, cualquier crítica externa se procesa como un ataque físico contra la persona, anulando el juicio crítico.

Conciencia organizadora: El proceso mental que une elementos inestables para dar una apariencia de coherencia, haciéndonos creer que hay un «yo» central dirigiendo la orquesta.

Toda esta arquitectura fragmentada genera lo que el ponente denominó la «mente chicle» (mente de apego), la cual opera de forma insaciable bajo la lógica del consumo masivo («¿por qué tener uno si puedes tener dos?»). El individuo, adherido ciegamente a estos agregados, pierde la soberanía sobre su percepción y se transforma en un actor predecible.

La arquitectura de la guerra cognitiva: aturdimiento y multitasking

Un punto medular del conversatorio fue el análisis de la mente como el campo de batalla prioritario en el siglo XXI. Citando los postulados de Francois Du Cluzel, explicó de que manera el proceso de colonización psíquica opera en un bucle de «mensaje – reseteo – mensaje ideal», buscando la parálisis crítica del sujeto para su posterior reprogramación conductual a través de tres mecanismos clave:

Aturdimiento comunicacional: No se trata de un simple exceso de ocupación, sino de una sobrecarga biológica. El volumen de datos diarios (redes sociales, mensajería instantánea) excede la capacidad de procesamiento del cerebro humano. Esta inundación satura los canales analíticos, fuerza al individuo a reaccionar de forma puramente impulsiva o a ignorar el entorno, permitiendo la infiltración de narrativas sin filtro ético.

Mente multitasking y percepción serial: Las plataformas digitales entrenan a la psique para una atención fragmentada. En esta «percepción serial», un meme de internet y el bombardeo a una población civil adquieren la misma «valencia afectiva» en la pantalla. El sujeto procesa la realidad con la frialdad de un videojuego, lo que produce un desacoplamiento cognitivo de la gravedad ética de los hechos.

Captología: Es la ciencia aplicada al diseño de interfaces (como TikTok o Instagram) para capturar la atención humana. Su éxito ha reducido la capacidad de atención profunda en los jóvenes a lapsos de apenas 7 minutos, disminuyendo drásticamente la capacidad de reflexión sostenida y la priorización de amenazas reales.

Esta estructura tecnológica prepara el terreno para la desensibilización social ante crisis humanitarias a gran escala, como la que padece actualmente el pueblo de Palestina. El impacto emocional masivo funciona como un «reseteo» del sistema cívico, momento en el cual se introduce el «mensaje ideal» —estudiado semánticamente por la captología— para dirigir la conducta de la población hacia la pasividad o el apoyo al agresor.

El peligro de la identificación colectiva: del Maracanazo a la «mente de aprendiz»

Garcés advirtió que cuando el ego se adhiere a un objeto externo —un equipo, una casa, una bandera o un cargo—, cualquier derrota de ese objeto se experimenta como una muerte física propia. El expositor citó la tragedia histórica del «Maracanazo» en 1950, donde se registraron 111 suicidios tras la derrota futbolística de Brasil, ilustrando el peligro extremo de que la existencia dependa del colapso de un agregado simbólico.

Frente a la rigidez del ego que sentencia «yo ya sé», el especialista propuso asumir la «mentalidad de aprendiz». Reconocer que somos una forma inacabada nos libera de la carga de tener que defender nuestras ideas como si fueran nuestra propia vida, abriendo paso a la humildad. Para ilustrarlo, recurrió a la metáfora de la puerta pequeña en las grandes iglesias: para entrar en el espacio de la comunidad y el encuentro real, es indispensable agachar la cabeza y vencer la arrogancia.

Del individualismo a la interdependencia: la sabiduría ancestral

El ponente expresó que: “vivimos en una luna de emociones, en la que cuanto más creemos en lo que nosotros tenemos, más descartamos a los demás. Nosotros vivimos en una continua e inexplicable interdependencia, vivimos vinculados. Estamos absolutamente relacionados el uno con el otro. Por un lado somos individuos, pero por otro lado somos colectivos. Pero todos construimos en un entorno común, en la interdependencia, en el vínculo. Que cuando trabajamos de forma independiente, egoísta, desvinculada, lo que estoy haciendo es tratar de magnificar mi ego, aplastando a los demás”.

Garcés explicó la necesidad de “trabajar en virtud de los demás”, lo que Dalai Lama llamaba el “egoísmo inteligente”. Porque si yo trabajo en función de los demás, todavía en los cuales no tengo una posición superior, pero por lo menos salgo del egoísmo pronto, donde, como yo soy yo, y aplasto a los demás, entonces el problema obviamente es un egoísmo muy tonto, pero si yo trabajo en función del otro, sé que eso se me va a revertir, por el egoísmo imperfecto, y entonces voy a estar bien. El egoísmo, si yo siento egoísmo, porque sí, con cierto protagonismo, pero un poco más inteligente. La tolerancia, por ejemplo, el respeto, escuchar. El Maestro Tai decía, amar es escuchar. Es preciso que construyamos un mundo nuevo, sin barreras sociales, sin sectarismo, en el que todos seamos exactamente iguales.

Esta visión resuena con el saludo ancestral maya «In Lak’ech» (Yo soy otro tú), al que se responde «A lak’ i» (Tú eres otro yo), y se vincula con la etimología de la palabra «religión» (del latín religare: volver a unir). Mientras el ego divide para reinar, el amor busca reunir lo que ha sido separado. Incluso en el plano espiritual, Garcés recordó que el «Padre Nuestro» dictado por Jesús no fue un «Padre Mío», sino un manifiesto de comunidad en un tronco común.

El ego prefiere el concepto idealizado o la foto de perfil antes que a la persona real, porque el ser humano real —con sus necesidades, contradicciones y verdades— nos obliga a salir de nosotros mismos. Esto quedó ilustrado con la historia del Príncipe Qays y la Princesa Laila: cuando ella finalmente va a buscarlo tras años de ausencia, él le responde: «No me interrumpas, que estoy muy ocupado pensando en ti».

Herramientas estratégicas para la descolonización mental

Como cierre práctico del encuentro, se extendieron cuatro herramientas pedagógicas y tácticas para desinflar el ego, recuperar la soberanía perceptiva y sanar el tejido social:

Saber escuchar (la regla de los 7 minutos): El ego siempre tiene prisa por interrumpir o defenderse. Al comprometernos a escuchar al otro en silencio total, se evidencia que, matemáticamente, en un lapso de 7 minutos la persona vacía su dolor y expone lo que realmente necesita. El silencio es la llave maestra para desarmar la urgencia defensiva del «yo».

Diferenciar querer de necesitar: El mercado entrena a la población para creer que necesita el último dispositivo tecnológico o el reconocimiento constante. Cultivar una «mente satisfecha» —que no depende del afuera— constituye la mayor riqueza frente a la voracidad del sistema.

La técnica del (alquimia espiritual): Consiste en un ejercicio psicofísico de dar y recibir para romper la coraza del ego. Ante el dolor ajeno, se visualiza la inhalación del sufrimiento del otro como un humo negro y aceitoso para procesarlo internamente, y al exhalar, se envía luz blanca de felicidad y paz. Es una inversión estratégica del instinto de supervivencia del ego.

Descolonizar la psicología de la «autoestima»: superar los modelos individualistas de autoayuda que mercantiliza el sistema, los cuales suelen ser el mismo ego disfrazado.

Conclusiones para la praxis profesional

Al referirse cómo el ego obstaculiza el horizonte comunal, cómo obstaculiza y como luchar contra esas trampas el ponente señaló que el ego es el principal enemigo de las organizaciones comunitarias; lamentablemente todavía no hemos construido herramientas con la gente para la vida comunitaria y para luchar contra el ego; entonces podemos ver como muchas reuniones se convierten en catapulta de alguien que ha logrado imponer su ego, sus ideas, no hay democracia ni consenso. Asi entendemos lo fundamental que es el proceso de descolonización, el proceso revolucionario, proceso de liberación, estamos bajo la tiranía y el dominio del ego. Puntualizó.

Garcés comentó que tiene más de 25 años levantando estas banderas…nosotros tenemos que cambiar nuestra cultura, porque nosotros estamos construyendo una revolución que favorece al colectivo, y esto va por encima de las bases culturales que favorecen el individualismo, que es un problema serio, que tenemos que resolver tarde o temprano.

El conversatorio culminó con un firme llamado a los profesionales del siglo XXI a actuar como custodios de la atención y la salud mental pública. En una era donde la atención es la principal mercancía de cambio, el imperativo ético de las instituciones de investigación y desarrollo debe ser facilitar la descolonización de la psique y reconstruir los lazos comunitarios.

«Las cosas son para usarlas y las personas para amarlas. El gran error de nuestra era es usar a las personas y amar a las cosas. Frente al vicio del ego, que busca el reconocimiento y la ganancia individual, debemos anteponer el servicio. Quien no vive para servir, no sirve para vivir; el servicio es el único antídoto real contra la colonización de nuestra psique», concluyó Róger Garcés.

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